Y soñar (con tejos) - Relato corto
Tejos de Laciana, Villablino. Foto de Elisa Rivero Bañuelos
Dicen que no se quiere separar del árbol porque desde allí ve el cielo, que los días ventosos es azul. Se asoma por su tronco herido y estira el brazo muy arriba, hacia la chimenea de madera. Como si tratara de rozar la última estrella que se despide por la mañana si amanece claro.
Cuentan que llegó con una excursión, buscando osos, y que en medio del bosque le visitó la locura. O quizá fue un duende o una xana el que le robó el seso. Pero yo sé que no.
Dicen que un árbol que cae en el bosque no hace ruido si no hay nadie para oírlo, y ahora está ella para escucharlo todo. Escucha el cortejo del urogallo en los claros más profundos y el caminar tranquilo del busgosu cuando la niebla tiñe el valle de sueños suspendidos. Se duerme con la canción eterna del torrente que acaricia las raíces del árbol, de su árbol. Y sueña con un bosque interminable.
Cuentan que no hubo forma de sacarla de allí, ni por razón ni a la fuerza. Como si el tejo se hubiera cerrado en torno a su cuerpo para protegerla. Nadie se explica cómo sobrevive, de dónde saca el alimento. Las teorías más estrafalarias saltan de boca en boca por las tabernas del pueblo. Pero yo sé que no tienen razón. Que no, que no.
Porque sé que ahí dentro el tiempo se detiene. Ese es el secreto de los tejos, que miran impasibles el rodar frenético del mundo, el paso de mil almas que aplastan sus raíces y se hacen arcos con sus ramas. Aguantan estoicos la lluvia y el trueno, aislados con suerte del fuego. Allí dentro apenas pasan los años y el musgo amortigua el ruido y el dolor.
Yo sé que, cuando se instaló ahí dentro, se le paró el corazón. Para atrapar en un instante eterno ese cachito azul de cielo que, en los días de viento, le guarda una estrella en el techo de la chimenea de tejo. Y soñar.
Este relato no lo conocía, Elisa. No sé por qué. Me produce tristeza, congoja...
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