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Resurgir (Relato corto)

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Cuando era una niña, me dijeron que podía volar. Bip bip, bip bip. Apago la alarma y exhalo un lúgubre suspiro al pensar que es lunes otra vez. No miro la pluma que yace entre las sábanas. He soñado con algo, pero no lo quiero recordar. Nota mental: cuatro madrugones y ya es viernes. Recaliento el café y, ante la amenaza del próximo reconocimiento médico, me abstengo de echarle azúcar. Corro hasta la parada del bus para tener que esperar de todas formas. No me duermo en el trayecto. Tras el cristal, aún es noche cerrada. Biiip suenan los tornos al fichar. Algo pita también en mi cabeza e intento rescatar todos los temas que el pasado viernes dejé en stand-by. En mi cara, sonrisa automática y hola, hola, buenos días a toda la oficina. La silla chirría cuando me siento. Miro al suelo y una pluma pequeña se escapa tras los paneles. La ignoro y me pierdo en el enrejado de un Excel, mientras las horas pasan y la mirada se desvía una y otra vez al reloj. Tic tac . Ya...

Jimena no es una niña normal (Relato corto)

Jimena no es una niña normal. “Como cualquier niño de su edad”, pensarás. Pero, en verano, Jimena se levanta todas las mañanas —o, más bien, las que se acuerda­— a las seis, por si ve al burro de Román cruzando a vuelo el valle.  Jimena no desayuna cereales. Saca de su baúl secreto las guindas que el día anterior robara a la vecina —con su consentimiento— y las roe con cara de ardilla. Después, saluda a los vencejos que silban alegres en el cielo y va a despertar a sus amigos. Espera a que desayunen sus cereales mientras busca al conejo loco y a la liebre de Pascua en el jardín.  Los tres mosquefieros —como Jimena llama a su pandilla— rastrean a un tigre dientes de sable entre las colinas sembradas de aliagas y tomillo limonero. Su madre insiste en que se extinguieron hace tiempo, pero no ha tenido en cuenta la cueva de la campera. Seguro que mide kilómetros y está poblada de los más curiosos animales. Sólo tienen que encontrar la entrada.  Jimena se encarama...

Razas antiguas de caballos en la Península Ibérica

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Aunque menos conocidas que las razas de perros, también existen multitud de razas de caballos en el mundo , alrededor de 300 . A lo largo de la historia, el número de razas ha ido creciendo gracias a la selección de los criadores. Se estima que el caballo, Equus ferus , fue domesticado hace unos 6.000 años en las estepas euroasiáticas, aunque algunos estudios apuntan a una domesticación multifocal independiente, siendo la Península Ibérica uno de esos posibles focos de domesticación. El primer uso que se le dio al caballo fue para consumo cárnico, teniendo que transcurrir aún varios siglos antes de su uso en tiro y monta. Algunas de las razas ibéricas parecen haberse aislado de estas tendencias de selección, manteniéndose muy similares a las razas antiguas. Durante el último periodo glaciar, los caballos se extinguieron en gran parte del continente europeo, subsistiendo al sur de los Pirineos. Además del caballo doméstico, existió en la Península, hasta bien ent...

El mito de Gargoris y Habis

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El mito de Gárgoris y Habis es uno de los escasos retazos de mitología que nos han llegado de Tartessos. Se trata de una historia muy repetida en diversas mitologías, y el propio hecho de que sea un romano, después de tantos años, quien nos lo transmita, puede restarle veracidad. ¿Es el mito de Gárgoris y Habis genuinamente tartesio, o la historia que conocemos está filtrada por el ojo romano? No podemos saberlo. Pero primero, lo primero. “Los cunetes poblaron el territorio de los tartesios, donde se dice que los titanes hicieron la guerra contra los dioses, cuyo rey más antiguo, llamado Gárgoris, fue el que inventó la costumbre de recoger la miel. Como a éste le naciese un hijo procedente del estupro de una hija, por la vergüenza del castigo, quiso matar al pequeñuelo por distintos procedimientos. Pero conservado éste por una fortuna en todas las vicisitudes, al final llegó al trono por conmiseración de tantos peligros. El primero de todos fue que le mandó exponer, y ...

Microrrelatos

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Selección de microrrelatos premiados, publicados o presentados a concursos Ya no  Desde que pueblas mis sueños ya no invento caras con las que pintar al guerrero que baila con el dragón, al sherpa que se sube el Anapurna a cuestas y se bebe la avalancha con cubitos de ron. Ya no olfateo los rastros en las calles envueltas en humo de coche y efluvios de mediocridad, buscando un aroma de risas, de letras trazadas con café en unas sábanas limpias. Ay, dulce aburrimiento contigo. Concurso Internacional "Porciones del alma V", Diversidad Literaria (Finalista) Foto: Elisa Rivero. La Braña de los Tejos (Cantabria) Reflejos  Observo con asombro mi reflejo en el río: las ondas lo distorsionan y ora  parezco un hada, ora un pez de mil escamas. Sumerjo mi rostro y el agua me lava el rímel, el pintalabios, las aprensiones. Inspiro. Nadie mira, solo el martín pescador. Me arranco el sujetador, la camisa, las críticas, los golpes. Nado con la ...

Palabras olvidadas (Relato corto)

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Cuenta la leyenda que en lo más profundo del bosque se revuelve, inquieta, una gran piedra. Redonda y gris, cubierta de musgo como si de un viejo animal dormido se tratara. Dicen los ancianos que sobre su lomo están grabadas palabras antiguas y, cuando el agua de lluvia juguetea por sus trazos, se carga de su poder y lo vierte en la tierra. Cantan que las flores que nacen a sus pies susurran historias de cuando el mundo no tenía dueño. El paso del tiempo ha borrado su rastro a golpe de zarzal y hoja de roble. Quiso el viento sur que ese invierno las llamas expusieran de nuevo su mensaje. Como un sádico regalo de Navidad. Los pasos de Gerardo crujen sobre el esqueleto calcinado del bosque. Ya no cantan los camachuelos ni se intuye el rastro hambriento de los jabalíes. En el paraje oscuro, la piedra destaca como un mirlo blanco. El corazón de Gerardo se dispara. Toma aire y, de un soplo, barre las pavesas que bailotean sobre su lomo. Allí yacen inermes las palabras, sin musgo que la...

ARRUGAS (Relato corto)

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Querido amigo, escribo estas líneas a sabiendas de que nunca las leerás. Tú me viste gatear por  la hierba tierna, tambalearme por la campa y apoyarme en ti para no caer. Me viste bailando  con otros tantos mozos y mozas que han crecido bajo tu atenta mirada. Presenciaste mi primer  beso, iluminado por el atardecer interminable de la noche de San Juan. Escuchaste con  paciencia mis pesares, mis alegrías y mis sueños, mientras la brisa empapada de olor a tomillo  secaba mis lágrimas. Fuiste testigo de mi marcha cuando me vi forzada a abandonar el pueblo,  pero también de mi promesa de retorno. Las golondrinas, veloces mensajeras del viento, te  anunciaban cada año mi llegada. Y yo corría hacia la campa y mi corazón brincaba de alegría en  cuanto intuía tu presencia imponente. Siempre has sido un pilar en mi vida, un lugar de retorno  y un hogar.  Un día, antes incluso de aquel beso de San Juan, vino un botánico al pueblo. Rec...