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Ofrenda de Navidad

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Relato dedicado a las gentes de Sargentes de la Lora, a aquellos que luchan por desenterrar nuestro pasado y mostrarlo al mundo. A Miguel, a Germán y a su equipo. Espero podáis perdonar los ajustes que he aplicado a los moradores de La Cabaña por el bien de la ficción. A Carlos, por su tesón por defender esta tierra y su patrimonio. Gracias por inspirarme Sobrerrisco y a Unai*, al que hice tan grande para que pudiera albergar un trocito de todos vosotros. *Lugar y personaje de mi última novela, El mito del bosque. Foto: Dolmen de la Cabaña (Sargentes de la Lora). Elisa Rivero Hoy, veinticinco de diciembre, Nuño ha desaparecido. En su lugar, un soplo de aire gélido se cuela desde la puerta esparciendo la nieve por el suelo de la casa, agitando los envoltorios de sus regalos.      Despierto a mi marido y a mis hermanos a gritos. Todos empiezan a llamar a Nuño por la casa, pero yo intuyo que ha salido. Mientras me calzo las botas, me acerco a inspeccionar los regalos. Hay mu...

Sobre lograr y desear

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“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca  pide que el camino sea largo,  lleno de aventuras, lleno de experiencias”.   Konstantino Kavafis   Un borrador en un mes para añadir a mi colección de novelas sin publicar. ¿Por qué esa sensación de vacío cuando terminamos de leer un libro —no hablemos ya de escribirlo—? ¿Quién no ha pecado de remolonear en los últimos capítulos, solo para estirar la lectura una noche más? Como si, una vez cerrado, el libro se autodestruyera, muriendo en agonía sus personajes y devorando La Nada ese mundo que es de todo, menos interminable.  ¿Será por eso que nunca termino de corregir mis novelas? Una suerte de piedad sádica que maldice a Tarvos, a Ambicatus y ahora también a Deva a pasar una y otra vez tantísimas penurias, solo para poder sentarme a cambiarles el atuendo o borrar un adjetivo de sus labios. Como muñecas en una caja de zapatos. Perfeccionismo, lo llaman algunos. Deseo, lo llamo yo.  Deseo de que pueda ser otra novela, una ...

Herencia en piedra (Relato corto)

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En una colina, no muy lejos del río, descansa una roca. No es lisa y suave, como esos cantos de la orilla que el Ebro ha pulido durante miles de años, no. Es áspera, con bultos en su lomo y musgo en sus flancos que le hacen parecer una bestia al acecho. Pero ella es paciente. Está esperando algo. A alguien.  Aunque la roca es mineral, una vez fue vida. Millones de pequeños caparazones diluidos, sepultados y después cincelados por el tiempo. Ella vio las eras pasar, las plantas crecer hasta formar un bosque inmenso. Reposó a la sombra de las hayas del Hijedo y los ciervos y los jabalíes hoyaron su piel de mar fosilizado.  Entonces, llegaron los hombres. Clarearon la maleza y el musgo fue limpiado con primor, como se prepara a un niño para el bautismo. Y ella, que era vieja y creía haberlo presenciado todo, nació de nuevo. Los hombres tallaron símbolos en su piel, le susurraron historias, secretos. El sol cicatrizó las heridas y el agua de la lluvia llenó sus cazoletas. Durante ...

Abuelo (Relato corto)

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Llega un punto en la vida en el que todo lo que ves, sientes y escuchas, en lugar de hacerte crecer, solo añade marcas en la piel. Para mí, ese momento llegó hace mucho. Lo recuerdo a la perfección: está grabado a fuego en mi corteza.  La Edad Dorada, cuando hombres y bosque éramos un solo ente, ya había quedado atrás. De aquella época sabía solo por las historias de los castaños más viejos, los que he visto secarse, ser derribados y arrastrados monte abajo. Arder.  Durante dos siglos, las gentes antiguas no fueron para mí más que leyendas. Los pastores, cobijados del relente bajo mi tronco, las relataban al calor de la hoguera. Susurros en la brisa que los árboles nos preocupábamos en acallar. Para preservarlos en su olvido.  Entonces, un otoño, la vi. La mujer avanzaba por el lecho de hojas sin alentar su murmullo, bebía en el arroyo de la Yedra y éste, siempre cantarín, no se atrevía a reflejarla. Luego, se sentaba sobre las piedras cubiertas de musgo a alisar su cabel...

Bosque (Relatos de sueños)

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Llevo dos noches durmiendo en el bosque. No sé si serán las ansias de pisar la tierra, de hundir mis dedos en su epidermis de hojarasca y que el cárabo me cante los secretos que flotan entre los robles. No sé si será la luna llena, panzuda, tirando de mi savia hacia las copas más altas de la locura.  Solo sé que cierro los ojos en mi cama, en mi apartamento de Valladolid, y cuando los abro estoy allí, contemplando un gotelé de estrellas que ni las nubes se atreven a rascar. Para que yo las cuente.  La primera noche me inquieté: el trasiego de las musarañas por los capilares de la foresta, los quejidos de los murciélagos, el desfile de hormigas y escarabajos por mis piernas… Todo me desvelaba, y yo me removía inquieta en mi colchón de hojas. El despertador fue un aterrizaje de emergencia en una realidad que no comprendía. Aún con el café enfriándose en mi mano seguía preguntándome qué había pasado.  Anoche no. Llegué a mi bosque tranquila y di las buenas noches al cárabo, ...

Seis meses con Azucena (Relato corto)

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Tercer premio del I Concurso de relato corto Miguel Delibes - Valle de Sedano Además de amiga de las truchas, Azucena era inseparable de las grajillas. Nadie sabe muy bien de dónde salió aquella mujer vivaracha y un tanto alunada. Apareció en Sedano en la noche de San Juan, y se fue seis meses después en extrañas circunstancias. Unos dicen que era una viuda millonaria de Madrid, que pasaba de camino a Santander, le gustó el valle y se compró la vieja casona del barrio de Lagos. Otros especulan con su árbol genealógico: que si podría ser biznieta de Gerardo, el hermano emigrado a las Américas del señor Cayo, antiguo dueño de la hacienda. Si le preguntabas a ella, se ponía muy seria y decía que salió del Pozo Azul. Ahora, en mi recuerdo, casi puedo ver las algas entreverando su pelo canoso. Quizá incluso el destello de una trucha escondida tras su blusa. Azucena se parecía a muchas cosas, pero desde luego no a una azucena. No era ni delicada, ni blanca, ni olía a flores. Me es imposible ...

Bellum Cantabricum, de José Manuel Aparicio (Breve reseña)

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Finalista Narrativas Históricas 2020 El título no podía ser más claro: José Manuel nos lleva, de la mano del mercenario autrigón Sekeios, al corazón de las guerras cántabras.  Tras un altercado con el gobernador Gayo Antisio Veto, el protagonista huye del ejército romano para verse envuelto en las disputas internas de los jefes cántabros. Huraño y oscuro, el lobo autrigón trata de permanecer al margen de aquellos que, como Corocotta, pretender hacer frente al invasor; y los que se decantan por la negociación. Sin embargo, el amor acaba por arrastrar al mercenario a la vorágine de las guerras cántabras, al sitio de Aracillum. El destino del pueblo cántabro está sellado, pero no el de Sekeios, que se batirá como un lobo acorralado para defender el último hálito libre de Cantabria.  Para los amantes de la historia romana, Bellum Cantabricum es reencontrarse con un viejo amigo. Conoces a los personajes (Veto, Augusto, Corocotta), sus movimientos y el final de la historia. Pero Jos...